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El verdadero origen de los primeros detectives

Los libros ‘La realidad y la leyenda’, de John Walton, y ‘Todo lo oye, todo lo ve, todo lo sabe’, de José Luis Ibáñez, descubren la historia y los misterios de los investigadores privados primigenios

«Así que es usted un detective… No sabía que existiesen realmente, excepto en los libros; o bien que eran grasientos hombrecitos espiando alrededor de los hoteles». Así saluda a Philip Marlowe una de sus explosivas clientes en El sueño eterno, y así hemos conocido a los de su calaña, como iconos procedentes de la ficción o como «grasientos hombrecitos» que se ganan la vida husmeando en secretos ajenos. Pero los detectives privados son y han sido mucho más que eso, como se encargan de poner en evidencia dos libros recién publicados: Detectives. La realidad y la leyenda (RBA), de John Walton, y Todo lo oye, todo lo ve, todo lo sabe (Espasa), de José Luis Ibáñez. Ambos exploran, cada uno a su manera, la historia real de aquellos pioneros que, según Walton, «ha sido silenciada, suprimida y sustituida por la ficción».

Conocemos a los detectives privados desde mediados del siglo XIX, inmortalizados como sesudos analistas que resuelven casos de creciente complejidad. ¿Sus armas? Su insólita capacidad de deducción, una frialdad analítica a prueba de los más insondables misterios y una curiosidad insaciable. Se llamaban Auguste Dupin y Sherlock Holmes y, gracias al genio literario de Edgar Allan Poe y Arthur Conan Doyle, dieron carta de naturaleza al género detectivesco. Pero no surgieron de la nada: se miraban en el espejo de detectives reales como François-Eugene Vidocq, que pasó de famoso criminal a jefe policial, hasta que en 1827 se convirtiera en el primer fundador de una agencia de detectives privados. Las memorias de Vidocq, como cuenta John Walton, convirtieron en referencia ineludible a un hombre que «combinaba en una sola persona orden y desorden, policía y crimen, trabajo sucio y alta política».

En Francia, pero también en Gran Bretaña y Estados Unidos, las agencias de detectives privados fueron llenando el vacío que dejaban unas fuerzas policiales descentralizadas, a menudo corruptas y con escaso presupuesto. Poco a poco, tanto en la literatura como en el imaginario popular, el detective desplazó al denodado sheriff americano como arquetipo de la justicia de mano dura. Sus trabajos más habituales eran la seguridad privada, las disputas matrimoniales o ejerciendo de «rompehuelgas», en un momento en el que se sucedían las reivindicaciones sindicales para conseguir mejoras en las condiciones laborales. También llegaron a ser conocidos como los «discípulos del diablo», un mal necesario en casos que los agentes de la ley eran incapaces de resolver o en los que preferían no inmiscuirse.

En Estados Unidos, las agencias de detectives de Allan Pinkerton y William J. Burns, grandes rivales que expandieron sus respectivos negocios con sucursales por medio mundo, se convirtieron casi en un quinto poder. Antiguos policías, soldados y criminales de poca monta se unieron a sus filas, mientras se desarrollaban técnicas y métodos revolucionarios, como el reconocimiento a través de las huellas dactilares, que permitían la resolución de casos debidamente adornados en los informes que presentaban a sus clientes y en libros escritos por negros literarios para lavar su reputación.

De hecho, John Walton centra su libro «en la estrecha relación entre los primeros detectives y los recuerdos en gran parte ficticios que escribieron sobre sus aventuras para promover el negocio». El icono detectivesco, moldeado por las revistas ilustradas, la literatura pulp, la radio y el cine, llega hasta nuestros días convertido en esos tipos duros, antihéroes individualistas sin remedio que abordan los casos con cierto desdén existencial y un código ético a prueba de mujeres fatales.

EL CASO ESPAÑOL

Para José Luis Ibáñez, habituado a las agecias detectivescas como periodista, guionista y novelista, la de los «ojos privados» españoles es una historia incompleta, casi desconocida antes de los años 50. Ante la escasez de información sobre los Vidocq, Pinkerton y Burns españoles, se lanzó a seguir la pista de los pioneros de la profesión en nuestro país aprovechando la digitalización de archivos, sentencias y prensa de la época. «Como en las películas en las que van avanzando por la selva apartando la maleza», admite Ibáñez por teléfono, «encontré un maravilloso valle escondido: una profesión con unos personajes que parecen salidos de la ficción y casos que hoy día serían inviables para cualquier detective. Poco a poco, durante los cinco años de investigación, he ido tirando de sentencias, visitando tiendas de anticuarios en busca de documentación, entrando en las hemerotecas… Todas las profesiones tienen un pasado y el de los detectives privados estaba borrado, olvidado».

De sus pesquisas surgen perfiles como el de Antonio de Nait. Políglota, mujeriego y gourmet, este hijo de un empresario gasista francés fundó en Barcelona la agencia American Office en torno a 1909 y durante la Primera Guerra Mundial se convirtió en jefe operativo de los servicios secretos galos en Barcelona. Su misión principal consistía en neutralizar a los espías alemanes que notificaban a sus submarinos la salida de buques mercantes desde el puerto para hundirlos en alta mar. «Él era republicano, así que durante la Guerra Civil se dedicó a romper claves de cifrado franquistas y robar planos militares. Es un hombre con un increíble perfil de aventurero-espía-detective», señala Ibáñez. Su caso más sonado consistió en perseguir y desenmascarar a un empleado de banca y dos de sus compinches, que habían estafado 200.000 pesetas al Banco Hispano-Suizo. De Nait los cazó después de recorrer más de 20.000 kilómetros en tren y barco, de París a Cuba pasando por Nueva York y México.

También ocupan un lugar destacado entre aquellos primeros detectives españoles personajes como Enrique Cazeneuve, autor de Detectivismo práctico, el primer manual de la profesión en todo el mundo, o Ramón Fernández-Luna, comisario de la Brigada de Investigación Criminal, más conocido como el Sherlock Holmes español. «Era un hombre con una memoria fotográfica, se había formado en anatomía forense, identificación criminal y medicina, y le encantaba epatar a la gente con sus deducciones a partir de pistas minúsculas. Se tiraba al suelo con una lupa u olía un pañuelo de un tipo asesinado para averiguar dónde había estado antes de morir».

Ellos son sólo algunos de los ilustres antecesores profesionales de los cerca de 4.500 detectives acreditados que operan hoy día en España, herederos en buena medida de aquellos pioneros que dieron forma a una profesión todavía hoy envuelta en misterio, olor a whisky y humo de tabaco.

ISMAEL MARINEROMadrid

By |2020-03-07T00:48:34+02:00febrero 16th, 2020|Sin categoría|0 Comments

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